viernes, 17 de diciembre de 2010

Diciembre

Es un tiempo que se detiene y que pasa, lo que lo hace sentir, un poco más lento. El frío que adorna las luces que adornan la alegría promete un sentimiento abrasador, y ponzoñoso...

El café, el vino, los cigarrillos, todo es inútil. No hay brebaje que ofrezca alivio alguno. Se me congelan los pies. Aquel pensar constante, las infinitas noches que me muestran las infinitas muertes, las pesadillas, la música suave, el silencio...

Mañanas y tardes, todo es rapidez, caminares apresurados, sonrisas que bailan y encienden pseudo estrellas a mitad del día, y pseudo estrellas sonoras que encienden risas de niños a mitad de la noche. Todo es absurdo y horrible ante mis ojos. De las ramas de un falso árbol cuelgan falsas esperanzas, falsas alegrías, falsa nieve, anuncios publicitarios y un millón de cosas más. Suenan himnos melancólicos, la nostalgia se respira... cada segundo.

Se acerca la noche en que teniendo cincuenta y dos personas a mi alrededor, cincuenta y dos abrazos, cincuenta y dos sonrisas, cincuenta y dos expresiones de amor, solo seré capaz de encontrarme con una persona triste y  desamparada que ya empieza a aburrirme y a darme lástima, a esa persona que nunca dejará de seguirme y convencerme que todo es inútil, a mí...

lunes, 29 de noviembre de 2010

Qué vanidad imaginar

BOLERO

Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.

Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.

Por ahí un papelito
que solamente dice:

Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Y este fragmento:

La lenta máquina del desamor
los engranajes del reflujo
los cuerpos que abandonan las almohadas
las sábanas los besos

y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo
ya no mirándose entre ellos
ya no desnudos para el otro
ya no te amo,
mi amor.

 Julio Cortázar

domingo, 28 de noviembre de 2010

El dibujante

A veces pienso, si no existieras,
volvería al oficio de dibujante;
a entregarme el día, todo, 
a la necesaria tarea
de compartirte al mundo
como poema o canción,
en este caso: dibujo.

Con mi lápiz y tu imagen
evocaría la figura obvia:
"La reina de las montañas",
aquella mujer de belleza etérea  
con su majestuoso vestido rojo
cuya atmósfera se transformaba en música suave
cuando bajaba del cielo
enamorando a los ojos 
que detenían su mirada en ella.

Las palabras no me dejarían
ni siquiera terminar dicho preludio
por lo que en un arrebato fugaz
emprendería inmediatamente
la delicada operación.
Entonces,
comenzaría así
primero dibujaría tu cara
deteniéndome en aquel detalle
que luces cuando sonríes,
ese pequeño y sutil hueco
que existe para mi bien
y para el bien de muchas personas
y que escondes de vez en cuando
y solo existe cada vez
que te tomas la tarea
de hacer más bello el tiempo en que te veo.
Seguiría con tu cabello
que tantas veces
me toma por sorpresa
con nuevas formas capciosas,
misteriosas e improvisadas;
es como una canción de amor,
que cada vez que la escucho
comprendo y me gusta mas.

Mi lápiz se detendría
al llegar a la ligereza  
de tu cintura imposible,
que escurridiza
como sombra débil,
escapa ante la tentativa de mi brazo
que busca enredarse en ella.
Y así jugando con el tiempo,
con mis pensamientos,
y con todas mis ilustraciones
que descansan por mi habitación
dispersas en una gran paz,
dandóme cuenta que el oficio
jamás estará bien terminado,
borrando y redibujando
me conformaría con el breve intento
no por falta de habilidad,
la imposibilidad de tu belleza
a este momento ya estaría vencida
por mis triunfantes trazos,
la cosa es que ocurre
que pese a tu existencia y demás,
parte de tu hermosura
permanece siempre oculta
solo en mi imaginación.

Solo sin vos, y mi dolor presente

Solo sin vos, y mi dolor presente,
mi pecho rompo con mortal suspiro;
sólo vivo aquel tiempo cuando os miro,
mas poco mi destino lo consiente.

Mi mal es propio, el bien es accidente;
pues, cuando verme en vos presente aspiro;
no falta causa al mal porque suspiro,
aunque con vos estoy; estando ausente.

Aquí os hablo, aquí os tengo, aquí os veo;
gozando deste bien en mi memoria,
mientras que el bien que espero Amor dilata.

¡Mirad cómo me trata mi deseo
que he venido a tener sólo por gloria
vivir contento en lo que más me mata!

 Francisco de Quevedo

sábado, 27 de noviembre de 2010

Tras arder siempre, nunca consumirme

Soneto amoroso

Tras arder siempre, nunca consumirme;
y tras siempre llorar, nunca acabarme;
tras tanto caminar, nunca cansarme;
y tras siempre vivir, jamás morirme.

después de tanto mal, no arrepentirme;
tras tanto engaño, no desengañarme;
después de tantas penas, no alegrarme;
y tras tanto dolor, nunca reírme;

en tantos laberintos, no perderme,
ni haber tras tanto olvido recordado,
¿qué fin alegre puede prometerme?

Antes muerto estaré que escarmentado:
ya no pienso tratar de defenderme,
sino de ser de veras desdichado.

 Francisco de Quevedo

jueves, 25 de noviembre de 2010

Duerme

Duerme conmigo la noche, duerme todo a mi alrededor. El silencio, casi no oigo su respiro, a mi lado se ha quedado dormido. 

Me acompaña solo mi soledad, y una pequeña estrella que ha bajado a velar conmigo. Se consume lentamente. Y mi corazón con ella. 

Duerme mi amor, duermen los sueños que ya no puedo soñar. Duermen mi guitarra y mis cantos, duermen las palabras también. 

Sin embargo, yo no duermo esta noche. Me he bebido una copa entera de desamor. Me embriago con tus recuerdos que colorean la nube que me envuelve, son hilos de humo que danzan y fluyen por la habitación como niños traviesos jugando, inocentes se pasean por ahí. 

Ya no me hacen tanto daño pero no me dejan dormir, ya no puedo soñar, ya no puedo cantar, ni platicar con tu fantasma que también se encuentra aquí, dormido. 

Espíritu del mal que no me deja olvidar, hoy no me hace mucho daño pero si que me lo hace. Es veneno lento, es droga nocturna. Ya no sueño, ya no río, ya no duermo, ya no muero...

sábado, 20 de noviembre de 2010

Sueño de Abril


a Karla...

He visto una nueva estrella
que no respeta la noche.
Y aunque la luna reproche
de día sale, sin ella.

Sin cielo, nubes ni sol
la estrella de luz fugaz
con su destello es capaz
de hacer cantar a una flor.

Pues puede con su color
apagar al universo,
robarse mil de mis versos
y hacer callar al amor.

Es sueño una vez soñado
que ha querido traspasar
la brecha del mundo real
y sin querer ha pasado.

Vagabundo del amor
caminó calles vacías
de desdichas y alegrías
por la vida sin razón.

Un día para mi suerte
al fin he hallado mi sueño
que andaba sin mucho dueño
y ha sido casi la muerte.

Pero no muerte de fin
sino de amor encontrado
y juntos hemos cantado
en una noche de abril.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Pon tu frente sobre mi frente

Pon tu frente sobre mi frente
y tu mano en mi mano.
Y hazme los juramentos
que romperás mañana.
Y lloremos hasta que amanezca
mi pequeña fogosa.

Paul Verlaine

domingo, 3 de octubre de 2010

Tú me hiciste


Tú hiciste de mí muchas cosas, me arrebataste algunas de mis locuras, de mis quehaceres rutinarios, me robaste la hora del café y aquel libro que tanto me gustaba leer.
Acabaste un sueño que tenía, mi más grande ilusión que tanto recreaba en mi cabeza por las tardes mientras comía una manzana. Mi cuento antes de dormir, mi canción de cuna.
Vaciaste mi imaginación, me llenaste de vidas nuevas, me volviste un principiante en tantas cosas cuando casi era un experto en tantas otras.
Me pediste inconscientemente que elaborara una definición de amor, me pediste algo imposible. He querido hacerla, muchas veces, pero siempre termino igual: amándote.
Sacaste mi corazón de mi triste pecho, lo llevaste a conocer nuevos lugares. Viajaste con él por cielos, mares, galaxias y noches infinitas. Cuando te lo pedí dijiste que lo habías dejado en una estrella, escondido.
Tú hiciste de mí un poeta, pero uno que sabía que las palabras estaban limitadas, que su lenguaje no podría expresar nunca lo que había soñado. Me hiciste un buscador de lo inefable.
No sé cómo decirlo, quizás me robaste las palabras también. Me has privado de mis sueños viejos, me los has robado todos. No, no está bien dicho, les quitaste su naturaleza de sueños, pues con tu amor los has hecho todos realidad.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Flor y Cronopio

Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz. La flor piensa: «Es como una flor».

Julio Cortázar

sábado, 31 de julio de 2010

Teoria de la manzana

Resulta que iba un día atravesando el pasillo que comunica al patio de mi casa y al pasar junto a un espejo me detuve a verme como mordía esa manzana que había tomado de la despensa para degustar durante mis reflexiones de media tarde. Mecánicamente mordía la manzana pero en ese instante advertí que aquella manzana bien pudo haberla comido uno de esos tipos que se levantan a las seis de la mañana para ir a trabajar y que llevan un portafolios con ellos al caminar. Seguí caminando. Atravesé la puerta que daba al patio y me senté en mi silla como lo hacía habitualmente. La manzana latía después de cada mordisco era para mí como un corazón que transmitía amor, que bajaba desde mi boca, por la garganta hasta llegar al pecho (no al estómago como todo mundo cree). Para un tipo con portafolios aquel corazón frutal no hubiera dejado de ser una roja manzana. Una fruta más, devorada en cuestión de quince minutos. Yo mordía lentamente el corazón que sostenía en mi mano, jugaba con él. Lo levantaba semejando a un sacrificador azteca que acaba de extraerlo del pecho del enemigo para la ceremonia ritual. A cada mordisco se consumía el corazón, y al llegar al núcleo hice un triste descubrimiento… Esa manzana, alabada por los poetas y que en esta ocasión era más un corazón que una manzana se hallaba hueca en su interior, es decir, era un corazón sin centro, sin corazón, sin amor. Fruncí el ceño y arrojé con furor lo que restaba del hueso de la manzana. Inmediatamente un conejo salió al encuentro de aquellos restos a devorar lo que restaba de mi poema. Tristemente pensé que para aquel conejo, lo que había sido un corazón de amor y de desamor para mí, no dejaría de ser una simple manzana. Me levanté de mi silla y regresé por el mismo camino. Iba con la mente en blanco. No pude concluir nada. Solo que aquel conejo hambriento llevaba en su cabeza casi los mismos pensamientos que un hombre con portafolios… Triste conclusión.

miércoles, 21 de julio de 2010

La noche

Me encontraba mirando al cielo fijamente. Lo miraba muy de cerca, tanto que me devolvió la mirada.
Luego no lo miraba, él me miraba.
Me dijo que escogiera una estrella, cualquiera.
Eran muchas, y todas de él. Me dijo que la que escogiera sería mía totalmente.
Eran tantas las estrellas que colgaban en el cielo aquella noche, que resultaba difícil diferenciar una de otra.
Mentirosas, pequeñas, pero inmensas, y todas tan juntas formaban un conjunto infinito y radiante que incendiaba mis ojos y a su vez los refrescaba. Altas dosis de belleza etérea.
El cielo se impacientaba mientras yo volvía a levantar la cabeza y a escudriñar su manto de luz y oscuridad.
Le pedí perdón y dije que no escogería ninguna estrella.
El cielo se quedó estupefacto ante tal respuesta.
Se dio por ofendido ante dicho desprecio y me dijo que solo justificara el por qué de mi decisión.
Le dije así: tus estrellas luminosas son como ojos de mujer amada, que miran hacia la tierra con pasión y ternura.
Las nubes de la noche como estelas, llenan de misterio y tranquilidad la segunda mitad de un día, que, comenzando con una mañana, de alto sol y nubes blancas quedó suavemente en el olvido.
La luna, vestida con las ropas de luces del soberbio astro de la mañana, no tiene nada que envidiarle y corona al cielo de la noche con tal esplendor que  no se podría dormir por las noches si a ver el cielo nos dedicásemos por cosa de unos minutos.
Con estas palabras me dirigí al cielo en aquella ocasión. Pero mientras más yo hablaba hacía crecer más su incertidumbre.
Tengo aqui en la tierra una estrella ya, le dije. No sé si fue tuya alguna vez, no sé si fue robada, no sé si esta estrella fue enviada a la tierra por acaparar(en su clara inocencia)  toda la belleza del plano astral con su presencia sublime.
No sé si soy digno de ella, pero la cuido mas que un principito a su rosa amada.
No podría tener una estrella de las tuyas, pues la que tengo le ha robado a mis ojos la belleza de tu cielo nocturno, de manera que en ella se resumen siempre todas las estrellas de la noche. Con una más, sería como robarte, expropiarte de la noche y dejarte prácticamente, sin nada. 
Quisiera esa estrella que me ofreces, para dársela a mi estrellita, pero no soy capaz de cargar con semejante responsabilidad.
Y una lágrima brotó de mis mejillas como gota de mi felicidad.
Y el cielo al verme se conmovió y soltó también una lágrima, que se convirtió en estrella naturalmente.
Es aquella estrella, la estrella que escogí mas tarde, sin decirle nada al cielo, y esa lagrimilla es el ojo de fuego que cuida por las noches a mi estrella terrenal.
Y todas las noches la veo, le escribo, le canto e intento despertar... 

jueves, 8 de julio de 2010

El ladrón

El ladrón

Sentado en la mesa del comedor y sosteniéndose la cabeza con las manos jugaba con un reloj de pulsera. De repente, tuvo la impresión de ver llorar a la rosa que ocupaba el centro de la mesa; la misma rosa que antes había robado una sonrisa del rostro de mamá, y ahora, cabizbaja, dejaba caer un pétalo, una lágrima. Casi con ella, lloraba también él...
El abogado lo conoció en uno de tantos procesos exitosos, de esos que le distinguían en los círculos sociales en los que se manejaba. El ladrón era un hombre de estatura alta, piel blanca, ojos y cabello claros, no tenía el clásico aspecto físico que define a un delincuente. En aquella ocasión su carácter era el de una persona tímida y ligeramente reservada.
Como era natural, no solía establecer relaciones de ningún tipo con sus clientes tras finalizar los procesos, por más grandes que fueran los agradecimientos y la insistencia de parte de estos. Quizás para mantener el nivel de profesionalismo adecuado. Sin embargo sintió extraño que este sujeto no mostrara el más mínimo aprecio de gratitud hacia él, aun cuando ambos sabían que lo había librado de pagar un grave delito como lo era el robo y del cual era culpable ante la justicia. Esa justicia que permite en ciertas ocasiones que la balanza se incline un poco.
Eventualmente para el abogado hubieron otros casos. Hubieron días que se parecían mucho entre sí, días que caían al abismo del olvido empujados por la cotidianidad de una vida en la que todo era trabajo y nada más. Casi nunca se tomaban descansos o vacaciones, y cuando estas aparecían se las pasaba pensando en el trabajo que habría de venir y las tareas que se podían adelantar. Era una persona sumamente diligente.
De vez en cuando algún fin de semana iba a un café a desayunar para despejar un poco la mente. Eran estas las únicas ocasiones en las que involuntariamente salía de aquella pesada rutina. Y fue una de estas salidas la que lo juntó nuevamente con aquel tipo cuya profesión era el robo y que en determinada ocasión olvidó agradecer el asiduo esfuerzo de un notable abogado.
El ladrón cruzó la puerta, pidió una bebida y se sentó con él sin mayor muestra de sorpresa o alegría de verlo nuevamente. Lo saludó y comenzaron a conversar como si el hombre hubiese sido citado con anticipación. Era la primera vez que tenían una plática que no tenía algo que ver con el proceso judicial, sin interrogatorios ni tensión. Una plática ordinaria y nada más. Hablaron de las cosas que suele hablarse cuando se conoce a una nueva persona. Hablaron por un largo espacio cuando repentinamente, el ladrón interrumpió la conversación, sacó de su bolsillo un soberbio reloj de pulsera de oro y se lo extendió al abogado. Le pidió lo aceptara como muestra de agradecimiento atrasada, añadiendo que en cierta ocasión ese reloj lo había llevado un tipo alto que portaba una maleta en la mano derecha y en su rostro el aspecto de ser una persona muy diligente en lo que hacía. Me recordó mucho a usted, un hombre sacrificado por su profesión. Sin embargo al ver el reloj advertí que luciría mucho mejor en su mano que en la de él. Saqué mis herramientas de trabajo (una navaja sencilla pero amenazante) y fue cosa de cinco minutos hacer me lo entregara sin mayor escándalo. Me dejé intimidar por su estatura al inicio, pero al final cedió como un corderito, quietecito y sumiso ante el miedo a perder lo que todo el dinero no le podría comprar: su lastimosa y estresante vida...
El abogado que era una persona noble y honrada como él mismo se consideraba dijo que no podía aceptar tal obsequio debido a su procedencia y argumentó que no podría llevarlo puesto, pues si se daba la casualidad de que se cruzara algún día con el propietario, se moriría de vergüenza ante él e indudablemente lo devolvería al dueño. Esto era lo justo. El ladrón insistió. Finalmente el abogado lo tomó diciendo que no volvería a aceptar regalos robados en el futuro. Después de esto el abogado y el ladrón hicieron amistad y se reunían ocasionalmente en aquel café a conversar los fines de semana.
El abogado no tenía muchos amigos debido a lo incesante que podía ser su trabajo, y al poco tiempo que le quedaba para las cuestiones sociales. Las mañanas de domingo representaban mucha ansiedad a lo largo de la semana. Le hablaba al ladrón de sus casos, de lo tortuoso y fatigante que podía ser pasar semanas sin progresar nada. El ladrón le relataba sus hazañas sin pudor alguno. Tenían confianza mutua y al ladrón no le resultaba nada difícil confesar sus crímenes.
Mis tres compañeros y yo teníamos un plan que habíamos hecho cuidadosamente. Visitábamos primero al dueño del auto sencillo. ¨Que la policía no se entere de esto en las próximas cuarenta y ocho horas y su carro aparecerá abandonado en un estacionamiento de supermercado tal y como nos lo hemos llevado. Después de eso puede poner todas las denuncias que le vengan en gana. Si pasara lo contrario dé por hecho que alguien vendrá a ‘buscarlo’... ¨. Seguidamente tomábamos prestado el automóvil, localizábamos nuestro objetivo (un auto tres veces más costoso que el primero), metíamos a la fuerza al niño rico, le vendábamos los ojos y dos de mis compañeros se lo llevaban en el primer auto a un departamento muy apartado después de largas horas de viaje. Vendíamos en la frontera el auto costoso y al chiquillo lo soltaban, así vendado y sin dinero alguno, en algún lugar abandonado. Luego de eso regresábamos el auto prestado tal como lo habíamos indicado, repartíamos las ganancias y así sobrevivíamos hasta la próxima semana...
El abogado no podía dejar de escandalizarse un poco al escucharlo. Le tenía confianza y eran buenos amigos, pero siendo abogado le era difícil aceptar la forma de vida del ladrón. Se preocupaba porque tenía la certeza de que lo atraparían algún día y no podía hacer nada sino aconsejarlo. Le pidió en muchas ocasiones abandonar la vida de delincuente. Prometió encontrarle un trabajo decente si así lo consentía. Pero el ladrón se negó siempre.
Desde el punto de vista del ladrón, una cosa como la justicia no existía. Todos somos ladrones alguna vez y no dejamos de serlo. Robamos miradas y sonrisas de las personas que amamos, robamos la atención de los demás vanidosamente, robamos la paz al que perturbamos cuando estamos molestos, robamos a alguien las ganas de vivir. Cómo saber qué es nuestro y qué nos pertenece. Los papás roban a sus hijos sus sueños y sus deseos. Los políticos y los altos funcionarios se dan a la tarea de manipular y agobiar las vidas de millones de ciudadanos a quienes ni siquiera conocen. Me han robado mi país y la tierra que estoy pisando. Cómo sé que no me han robado lo que es mío. Tu trabajo te roba a ti mismo tu vida. Ladrones hay por todos lados, y algunos son peores que otros. Disfrazados, se han robado la justicia misma, la que los haría caer. He oído ladrón que roba al ladrón, etc. y siempre me he preguntado cuál de los dos soy yo y cuál de ellos... son ellos...
Un día de esos en los que el trabajo es interminable y hay que cerrar la puerta y pedir que no se le moleste. Con una taza de café en la mesa y cerrando los ojos, hacía un ejercicio de respiración para que el estrés no acabara por acabar con él. Sonó el teléfono y estuvo a punto de maldecir a la secretaria hasta que esta pronunció el nombre del ladrón...
Cuatro ladrones entran a robar una joyería de un centro comercial. Disparan contra el vigilante del establecimiento. Uno de ellos se queda en la puerta como vigía. Los otros tres prosiguen el robo. Amenazan al joyero y comienzan a llenar sus bolsos con todo lo que pueda ser. Lo acalorado del momento no les permite advertir la presencia del otro vigilante (propio del centro comercial), el cual, tras observar lo ocurrido, no actúa por sí mismo y procede a buscar refuerzos. Reunidos un total de doce guardias de seguridad se lanzan a corro contra la joyería, lo mismo que valientes guerreros decididos a morir en batalla. Suenan unas breves pero mortales balas. No pasan tres minutos para notar que cinco hombres yacen sobre el piso de la joyería (uno es el vigilante muerto). Frente a la puerta, uno de ellos, parece que aun vive pero está seriamente herido. Boca arriba sobre un charco de sangre. Se queja mucho, todo indica que no se puede mover. La poco agraciada bala hizo polvo una de las vértebras de la espalda, y casi se lleva de paso otras dos. No puede caminar. Usará silla de ruedas, pues la parálisis de la cadera hacia abajo no tiene remedio...
Así mitad vivo y mitad muerto tiene que ir a juicio. Ha pagado solo la mitad de la deuda. El resto se paga detrás de los barrotes. Un abogado notable y de renombre acepta increíblemente a este desgraciado al que nadie quiso defender. Valiéndose de falta de pruebas y el típico ''iba pasando, nada más'' se consigue una absolución completa (ante la ley) y una prórroga de la condena (ante la vida). El abogado se molestó con él. Lo reprendió mucho pero al final, le dio un abrazo y lo perdonó.
El ladrón no podía aceptar su situación. La muerte no se veía tan mal desde donde se encontraba. Perdió la movilidad en la mitad de su cuerpo, y una mitad muy importante (en especial para un hombre de treinta años). Sin un empleo, ni familia, ni un techo donde dormir no tenía nada y había perdido todo. No más robos... El bueno y amable abogado habló con una vieja amiga suya, una tendera viuda a quien él había ayudado a reclamar la herencia que su esposo le había dejado y que, al igual que el ladrón (casualmente) había hecho amistad con él. La tendera aceptó con mucho gusto ocuparse del pobre joven. Ofreció alimentación, ropa y todo lo que pudiera necesitar.
El ladrón no se acostumbraba a la vida sentado en una silla y sin nada qué hacer. Se aburría mucho con la viuda y se deprimía más con el paso de los días. Había momentos en los que la decadencia y la depresión alcanzaban su máximo nivel.
Quién sabe cómo, hizo contacto con un viejo conocido que lo empezó a visitar ocasionalmente en la casa de la viuda. La viuda hablaba mucho con él, le atendía bien y lo quiso como a su propio hijo.
Qué simpático este joven que me han encomendado, el pobre se siente tan triste a veces. No se me ocurre como hacerlo sentir mejor. Su amigo que viene a visitarlo no me agrada para nada. Parece delincuente pero, quién soy yo para juzgarlo, los jóvenes de hoy son extraños.
Las visitas de su compañero se volvieron más frecuentes y la viuda no se explicaba la desaparición de algunos adornos de la casa, joyería y hasta dinero. No quería creer que su huésped le robaba pues él no necesitaba dinero. Ella le procuraba todo.
La llamada del hospital cayó en un momento sumamente inoportuno. Le comunicaban que un hombre de cerca de treinta años con parálisis de la cadera hacia abajo había sido hallado muerto en el interior de una vieja tienda. Todo lo que llevaba antes de morir era un pantalón, un reloj de oro y una tarjeta con el número telefónico del abogado.
Ya no podía más, el ladrón le había robado su mundo, su trabajo y su vida, la cual por mas agotadora que fuera, era suya. No conocía a ninguno de los singulares amigos del ladrón, tampoco a los familiares lejanos. Preguntaron si quería el cuerpo para velarlo y enterrarlo. Era la única persona que tenían para contactar. Si nadie más reclamaba el cuerpo, habría que ponerlo en una fosa común...
No se toman decisiones en momentos así, es lo que pensó el abogado tras de semanas de masticar y reflexionar lo que había hecho con el cuerpo de la única persona que había sacado su vida de un circulo incesante de cotidianidad y absurdo. De una persona que además había confiado plenamente en él a pesar de su profesión. Pensaba en estas cosas mientras jugaba con el reloj que le habían enviado del hospital...
Los vecinos habían puesto la denuncia. La causa de la muerte pareció ser una sobredosis de heroína. Lo extraño de todo aquello es que la dueña de la casa en la que encontraron a aquel hombre había desaparecido de la faz de la tierra y nadie sabía nada de su paradero. Los vecinos comentaron sobre un hombre con aspecto de delincuente que visitaba ocasionalmente la tienda, se cree que era este sujeto quién le procuraba la droga. De este tampoco se sabe nada, no se le ha vuelto a ver…

domingo, 30 de mayo de 2010

Si el cielo se cayera


Si el cielo se cayera, tú te quedarías colgando allá arriba. Aunque se cayera el cielo entero. Quedarías sola tú, allá, en lo más alto.

Si se cayeran, por la noche, todas las estrellas, las constelaciones, y arriba solo la luna y tú. Dirían: solo quedó una estrella. Yo sería el único en saber que se trata simplemente de tí.

Si se cayera el día y la noche con todos sus astros, tú no caerías. Serías el día y la noche, la mañana, la tarde y la madrugada. Serías el tiempo que acaba conmigo segundo a segundo.

Si dos alas fueran suficientes, la tentación de alzarme y unirme a tí allá arriba sería más grande y más pesada que el mismísimo cielo caído, sin tí.

Si alzar el vuelo fuera suficiente, lo alzaría ahora mismo. Pero sería algo inútil, no basta con eso. Habría que poner nuevamente el cielo, la luna y las estrellas para poder volar.

Si las aves me acompañaran cual nuevas estrellas, me haría de muchas de ellas en un vuelo sin fin, pero ya me han dicho que alcanzarte no es posible.

Y si algún día pasara, si tan solo un día por casualidad llegaras a caer, de ese altísimo cielo. Yo quedaría allá arriba, intentando bajar...

miércoles, 24 de marzo de 2010

Musa provisional


No dejaré de soñar
Aunque el sueño sea pesadilla
No pierde su condición
De cuento infeliz, real
y pronto se torna mi realidad.

Si te amé no fue soñando,
si te amé no fue un recuerdo.
Y tú nunca me quisiste
y así fue que te volviste,
musa provisional.

Pude haberlo planteado así
Preguntar: ¿me perdonarás?
Perdonarás que sea yo mismo
Se que suena algo imposible.

Y aunque se que no lo harás,
olvidaré tu desamor.
Asumiré de una vez
esta triste condición.
Perdóname tú también
Musa provisional.

Ayer soñé pero desperté
De un amor que ya no recuerdo,
Poemas, canciones, versos
Algún día te procuré
Perdóname pues no eran ciertos,
Musa provisional…

El televisor no tiene sed

Tomar ese vaso con agua no hubiera sido tan difícil si no lo hubieran colocado ahí. Quizás mamá debía atender una llamada telefónica y lo dejó. La sed me sofocaba a gritos. No quería agua fría o al tiempo, refresco, ni limonada, solo quería un vaso con agua y ahí estaba. Frente al televisor reposaba el pequeño vaso de vidrio lleno un poco más arriba de la mitad. Era propiedad del televisor... Que el respeto al derecho ajeno es la paz ahora no resolvía mis problemas de deshidratación. Talvez si el tele hubiera sido amigo, o conocido mío. Jamás había cruzado palabras con él, no había confianza; sabía su nombre porque lo escuché por ahí, pero hubiera sido vergonzoso llamarlo así de golpe y pedirle un ligero sorbo. Poco elegante. Decidí esperar. Seguramente se tendría que marchar pronto a casa, dejaría el vaso intacto y como estaba en mi casa yo llevaba las de ganar. Pero no se marchó. La cocina quedaba un poco retirada y además no era una opción viable porque los martes son de abastecimiento general. Aquel vaso era quizás la única fuente del vital líquido en toda la casa. Ni siquiera sabía si era agua potable o no. No me importaba. Estaba servida en un vaso y su dueño no tenía en absoluto las ganas de beberla, sino yo. Tras meditar largo rato obtuve la arriesgada solución. Era poco cortés y si no hubiera tenido tanta sed seguramente habría pensado en algo mejor pero detesto que mi timidez natural frene constantemente mis acciones, y en este caso, que me deje sediento en mi propia casa (no había tomado en cuenta a terceras personas que como yo quisieran tomar agua y se me adelantaran a hurtar el susodicho vaso). Sosegadamente me acerqué con cautela para no alborotar a nadie, un paso, uno más. Miré en torno. Nadie lo notaría gracias a Dios. Rápidamente desenchufé el televisor con un fugaz movimiento de mano y dejé caer el cable. El ruido seco de este al caer hizo que me estremeciera por un instante y me asustara ante la idea de que alguien hubiera escuchado algo, puros nervios. Suspiré lentamente y sequé unas pequeñas gotas de sudor que resbalaban por mi frente. Naturalmente mi sed creció con toda aquella adrenalina pero ya no importaba porque finalmente podría beber del vaso de vidrio que mamá había dejado (con agua para planchar ropa) frente al televisor.

martes, 23 de marzo de 2010

Don de crear

En cierta forma locura;
En cierta forma, el amor;
Es lo que el poeta procura
entregar como escritor

Con ese don de crear;
Con ese don de nacer;
El sentimiento de amar
versos hará florecer.
El arte de procrear
Y esa palabra... hacer

Un poema, poeta
Una canción, trovador
Una pasión incompleta
denuncia un beso traidor,
La fantasía perfecta,
La belleza de una flor,
Una experiencia concreta,
O un sueño abrasador

Algo o nada escribir
Para el olvido olvidar
Un día voy a morir
Un día me voy a acabar

Mi verso lo dejaré
En él habrá lo que fui
En él habrá lo que sé 
con él, sin voz, hablaré
Y en un papel va a decir:
poeta fui, poeta seré.

lunes, 15 de marzo de 2010

Quién

Quién por tu sonrisa
no pagara mil estrellas
que no valen por tu risa
mas no cobras una de ellas.

Quién por tu cintura
no diera la noche entera,
la luna de gris, oscura
que el cielo en mi mano enreda.

Quién por un amor de oro
no diera la vida eterna
cual mas preciado tesoro
no estimado en ningún poema.

Quién por tus ojos querida
no cambiara el corazón
por un pecho sin herida
para amarte sin razón.

Quién solo por pensar en ti
deja a veces de dormir;
Acaso yo quien por ti
me olvido que he de morir.

domingo, 14 de marzo de 2010

La Cuarta Pared


Cuando llegué a la entrada peatonal de la universidad me invadió el desasosiego al ver cerrado el portón de entrada. No podía haberme equivocado con la fecha. Era un primer día de clases. Dudé un momento, pero me calmé al ver decenas de estudiantes que también estaban ahí, como a la expectativa. Se notaba un ambiente de desconcierto. Me encontré con mis amigos de cafetería, ahí estaban todos: Alberto, el Colocho, el Blin, Ricar, Toño, Jessy. Me saludaron típicamente como al amigo que no veían de hace mucho tiempo, un feliz año nuevo, el abrazo disimulado de Toño y algún comentario a manera de burla de esos que tanto abundaban entre nosotros. Le pregunté al Colocho la causa de cierre porque él era el que siempre sabía lo que estaba pasando. Me dijo que no sabía nada, que aun no hablaba con el Padre. Jessy me ofreció un cigarrillo, lo acepté y decidí no angustiarme. Volvimos a cruzar comentarios burlescos con Alberto y Ricar, retomamos la eterna discusión de la sandía venusiana y las recatadas burlas sobre los gustos mujeriles de Toño.

Noté que eran muchos los estudiantes que estaban ahí afuera esperando, y nadie parecía saber nada. Ya no seguí el hilo de la conversación cuando vi a los policías que llegaban, la atmósfera se volvió un tanto más incierta y hostil. Los policías llevaban casco, el arma en la mano derecha y en la izquierda uno de esos escudos que parecen de plástico (siempre he ignorado el material del que están hechos) y comenzaron a indicar la formación de una fila. Ordenaban a todos los estudiantes entrar a la fila. No alcancé a escuchar el motivo de hacerla, pero sin pensarlo mucho nos formamos en aquella cola que parecía ser más larga que la que hay que hacer para entrar al infierno. Mis amigos seguían riéndose e intercambiando comentarios obscenos y burlescos a medida que avanzaba la cola. Yo parecía ser el único intranquilo; no comprendía la situación y ellos seguían discutiéndose las carcajadas. Un policía les ordenó orden y silencio. Callaron inmediatamente: “¡Sí oficial!” contestó el Blin al policía con su tono serio que no implica nada de seriedad. Siempre nos entraba en gracia esa actitud de ellos de ser los chicos que mandan, su posición recta y exageradamente erguida, su rostro enojado y su tono de voz fuerte y varonil, imitados a la perfección por Ricar, luego por Alberto de forma graciosísima. La cola avanzaba.

Recuerdo esa habitación a la que nos llevaron, blanca, las paredes muy sucias y gastadas por el tiempo, cuadrada y solo tres paredes. Me pregunté por la cuarta pared, no porque no estuviera, sino porque nunca había estado. El cuarto había sido diseñado así. En ese lugar que debía haber estado la dichosa pared se podía observar un árido campo de tierra. Hacía mucho sol. Ya no reíamos, todo estaba silencioso y en eso sonó una fuerte detonación afuera. La habitación se estremeció, algunos estudiantes cayeron al suelo, otros se arrojaron y se cubrieron la cabeza del miedo. Había gritos de mujer y una nube de pánico que penetraba hasta la médula a la gente en aquella habitación. Luego estalló afuera una balacera como de la guerra que nunca viví. Copié a mis compañeros y me arrojé al piso. Pude ver las rápidas balas que cruzaban en las afueras. Las veía volando sobre aquel campo situado al frente mío, podía contemplar todo el espectáculo gracias a la ausencia de la cuarta pared. Me sentí tan vulnerable, maldije interiormente a los arquitectos que hicieron un estúpido cuarto con tres paredes que no me protegían en absoluto. Unas lágrimas brotaron de mis ojos al pensar que iba a morir. Pasó todo muy lento y apenas fueron unos cuatro minutos. Cuando hubo silencio me serené un poco y me puse de pie lentamente, siempre mirando hacia la cuarta e invisible pared. Mi obsesión por esa pared no había hecho que reparara que el cuarto tenía ventanas y cuando lo descubrí fue muy tarde. Escuché balas otra vez, gire mi cabeza hacia la izquierda y logré ver la pequeña y fugaz bala que se dirigía a toda prisa hacia mí. Fue curioso que me impactara justo en la frente, poco arriba de la nariz (siempre he tenido la extraña fobia a quedar consciente tras una muerte de bala en la cabeza). Un dolor punzante que que nunca pensé que me tocaría percibir (dicen que es muerte instantánea). Puedo describirlo: como cuando uno se golpea la cabeza al caer de espaldas, probablemente a causa del agujero que me quedó. Tuve la certeza de que iba a morir, pero no quería. No morí, era raro; la bala había atravesado completamente mi cráneo, y no estaba muerto, yo estaba de pie como si nada, solo sentía ese dolor de haberme estrellado la parte de atrás de la cabeza contra alguna pared. Eso era todo. La angustia no me dejaba pensar, me preocupé, dejé de llorar, de rezar. No entendía nada de aquello. Finalmente me fui quedando poco a poco dormido, todo desaparecía lentamente y se apagaba bajo una cortina de azul oscuro o era un poco más oscura... era negra…

Cuando desperté estaba empapado en sudor: ¿cielo o infierno? Peor: descubrí que estaba vivo todavía Me había quedado dormido en el sillón que está frente al televisor. Me sentí un poco avergonzado no sé por qué. Había pausado la película que miraba en el momento justo antes de dormirme y un agudo dolor de cuello me asaltaba. Me había quedado todo doblado y en una incómoda posición antes de dormirme.

sábado, 13 de marzo de 2010

Cielo


Un día de estos te quise,
te intenté bajar del cielo;
Bajarte desde la tierra,
me confundió una estrella
que brillaba. Eras tú.

Me ocultaste cielo y tierra,
me ocultaste tu mirada
detrás de tus ojos negros,
detrás de tu boca amada. 

Lo borraste todo, todo.
Apagaste alrededor,
todo un mundo pereció.

Moría el cielo, envidioso,
y la tierra vanidosa
por ti cielo se volvió.