Tomar ese vaso con agua no hubiera sido tan difícil si no lo hubieran colocado ahí. Quizás mamá debía atender una llamada telefónica y lo dejó. La sed me sofocaba a gritos. No quería agua fría o al tiempo, refresco, ni limonada, solo quería un vaso con agua y ahí estaba. Frente al televisor reposaba el pequeño vaso de vidrio lleno un poco más arriba de la mitad. Era propiedad del televisor... Que el respeto al derecho ajeno es la paz ahora no resolvía mis problemas de deshidratación. Talvez si el tele hubiera sido amigo, o conocido mío. Jamás había cruzado palabras con él, no había confianza; sabía su nombre porque lo escuché por ahí, pero hubiera sido vergonzoso llamarlo así de golpe y pedirle un ligero sorbo. Poco elegante. Decidí esperar. Seguramente se tendría que marchar pronto a casa, dejaría el vaso intacto y como estaba en mi casa yo llevaba las de ganar. Pero no se marchó. La cocina quedaba un poco retirada y además no era una opción viable porque los martes son de abastecimiento general. Aquel vaso era quizás la única fuente del vital líquido en toda la casa. Ni siquiera sabía si era agua potable o no. No me importaba. Estaba servida en un vaso y su dueño no tenía en absoluto las ganas de beberla, sino yo. Tras meditar largo rato obtuve la arriesgada solución. Era poco cortés y si no hubiera tenido tanta sed seguramente habría pensado en algo mejor pero detesto que mi timidez natural frene constantemente mis acciones, y en este caso, que me deje sediento en mi propia casa (no había tomado en cuenta a terceras personas que como yo quisieran tomar agua y se me adelantaran a hurtar el susodicho vaso). Sosegadamente me acerqué con cautela para no alborotar a nadie, un paso, uno más. Miré en torno. Nadie lo notaría gracias a Dios. Rápidamente desenchufé el televisor con un fugaz movimiento de mano y dejé caer el cable. El ruido seco de este al caer hizo que me estremeciera por un instante y me asustara ante la idea de que alguien hubiera escuchado algo, puros nervios. Suspiré lentamente y sequé unas pequeñas gotas de sudor que resbalaban por mi frente. Naturalmente mi sed creció con toda aquella adrenalina pero ya no importaba porque finalmente podría beber del vaso de vidrio que mamá había dejado (con agua para planchar ropa) frente al televisor.