Cuando llegué a la entrada peatonal de la universidad me invadió el desasosiego al ver cerrado el portón de entrada. No podía haberme equivocado con la fecha. Era un primer día de clases. Dudé un momento, pero me calmé al ver decenas de estudiantes que también estaban ahí, como a la expectativa. Se notaba un ambiente de desconcierto. Me encontré con mis amigos de cafetería, ahí estaban todos: Alberto, el Colocho, el Blin, Ricar, Toño, Jessy. Me saludaron típicamente como al amigo que no veían de hace mucho tiempo, un feliz año nuevo, el abrazo disimulado de Toño y algún comentario a manera de burla de esos que tanto abundaban entre nosotros. Le pregunté al Colocho la causa de cierre porque él era el que siempre sabía lo que estaba pasando. Me dijo que no sabía nada, que aun no hablaba con el Padre. Jessy me ofreció un cigarrillo, lo acepté y decidí no angustiarme. Volvimos a cruzar comentarios burlescos con Alberto y Ricar, retomamos la eterna discusión de la sandía venusiana y las recatadas burlas sobre los gustos mujeriles de Toño.
Noté que eran muchos los estudiantes que estaban ahí afuera esperando, y nadie parecía saber nada. Ya no seguí el hilo de la conversación cuando vi a los policías que llegaban, la atmósfera se volvió un tanto más incierta y hostil. Los policías llevaban casco, el arma en la mano derecha y en la izquierda uno de esos escudos que parecen de plástico (siempre he ignorado el material del que están hechos) y comenzaron a indicar la formación de una fila. Ordenaban a todos los estudiantes entrar a la fila. No alcancé a escuchar el motivo de hacerla, pero sin pensarlo mucho nos formamos en aquella cola que parecía ser más larga que la que hay que hacer para entrar al infierno. Mis amigos seguían riéndose e intercambiando comentarios obscenos y burlescos a medida que avanzaba la cola. Yo parecía ser el único intranquilo; no comprendía la situación y ellos seguían discutiéndose las carcajadas. Un policía les ordenó orden y silencio. Callaron inmediatamente: “¡Sí oficial!” contestó el Blin al policía con su tono serio que no implica nada de seriedad. Siempre nos entraba en gracia esa actitud de ellos de ser los chicos que mandan, su posición recta y exageradamente erguida, su rostro enojado y su tono de voz fuerte y varonil, imitados a la perfección por Ricar, luego por Alberto de forma graciosísima. La cola avanzaba.
Recuerdo esa habitación a la que nos llevaron, blanca, las paredes muy sucias y gastadas por el tiempo, cuadrada y solo tres paredes. Me pregunté por la cuarta pared, no porque no estuviera, sino porque nunca había estado. El cuarto había sido diseñado así. En ese lugar que debía haber estado la dichosa pared se podía observar un árido campo de tierra. Hacía mucho sol. Ya no reíamos, todo estaba silencioso y en eso sonó una fuerte detonación afuera. La habitación se estremeció, algunos estudiantes cayeron al suelo, otros se arrojaron y se cubrieron la cabeza del miedo. Había gritos de mujer y una nube de pánico que penetraba hasta la médula a la gente en aquella habitación. Luego estalló afuera una balacera como de la guerra que nunca viví. Copié a mis compañeros y me arrojé al piso. Pude ver las rápidas balas que cruzaban en las afueras. Las veía volando sobre aquel campo situado al frente mío, podía contemplar todo el espectáculo gracias a la ausencia de la cuarta pared. Me sentí tan vulnerable, maldije interiormente a los arquitectos que hicieron un estúpido cuarto con tres paredes que no me protegían en absoluto. Unas lágrimas brotaron de mis ojos al pensar que iba a morir. Pasó todo muy lento y apenas fueron unos cuatro minutos. Cuando hubo silencio me serené un poco y me puse de pie lentamente, siempre mirando hacia la cuarta e invisible pared. Mi obsesión por esa pared no había hecho que reparara que el cuarto tenía ventanas y cuando lo descubrí fue muy tarde. Escuché balas otra vez, gire mi cabeza hacia la izquierda y logré ver la pequeña y fugaz bala que se dirigía a toda prisa hacia mí. Fue curioso que me impactara justo en la frente, poco arriba de la nariz (siempre he tenido la extraña fobia a quedar consciente tras una muerte de bala en la cabeza). Un dolor punzante que que nunca pensé que me tocaría percibir (dicen que es muerte instantánea). Puedo describirlo: como cuando uno se golpea la cabeza al caer de espaldas, probablemente a causa del agujero que me quedó. Tuve la certeza de que iba a morir, pero no quería. No morí, era raro; la bala había atravesado completamente mi cráneo, y no estaba muerto, yo estaba de pie como si nada, solo sentía ese dolor de haberme estrellado la parte de atrás de la cabeza contra alguna pared. Eso era todo. La angustia no me dejaba pensar, me preocupé, dejé de llorar, de rezar. No entendía nada de aquello. Finalmente me fui quedando poco a poco dormido, todo desaparecía lentamente y se apagaba bajo una cortina de azul oscuro o era un poco más oscura... era negra…
Cuando desperté estaba empapado en sudor: ¿cielo o infierno? Peor: descubrí que estaba vivo todavía Me había quedado dormido en el sillón que está frente al televisor. Me sentí un poco avergonzado no sé por qué. Había pausado la película que miraba en el momento justo antes de dormirme y un agudo dolor de cuello me asaltaba. Me había quedado todo doblado y en una incómoda posición antes de dormirme.