Me encontraba mirando al cielo fijamente. Lo miraba muy de cerca, tanto que me devolvió la mirada.
Luego no lo miraba, él me miraba.
Me dijo que escogiera una estrella, cualquiera.
Eran muchas, y todas de él. Me dijo que la que escogiera sería mía totalmente.
Eran tantas las estrellas que colgaban en el cielo aquella noche, que resultaba difícil diferenciar una de otra.
Mentirosas, pequeñas, pero inmensas, y todas tan juntas formaban un conjunto infinito y radiante que incendiaba mis ojos y a su vez los refrescaba. Altas dosis de belleza etérea.
El cielo se impacientaba mientras yo volvía a levantar la cabeza y a escudriñar su manto de luz y oscuridad.
Le pedí perdón y dije que no escogería ninguna estrella.
El cielo se quedó estupefacto ante tal respuesta.
Se dio por ofendido ante dicho desprecio y me dijo que solo justificara el por qué de mi decisión.
Le dije así: tus estrellas luminosas son como ojos de mujer amada, que miran hacia la tierra con pasión y ternura.
Las nubes de la noche como estelas, llenan de misterio y tranquilidad la segunda mitad de un día, que, comenzando con una mañana, de alto sol y nubes blancas quedó suavemente en el olvido.
La luna, vestida con las ropas de luces del soberbio astro de la mañana, no tiene nada que envidiarle y corona al cielo de la noche con tal esplendor que no se podría dormir por las noches si a ver el cielo nos dedicásemos por cosa de unos minutos.
Con estas palabras me dirigí al cielo en aquella ocasión. Pero mientras más yo hablaba hacía crecer más su incertidumbre.
Tengo aqui en la tierra una estrella ya, le dije. No sé si fue tuya alguna vez, no sé si fue robada, no sé si esta estrella fue enviada a la tierra por acaparar(en su clara inocencia) toda la belleza del plano astral con su presencia sublime.
No sé si soy digno de ella, pero la cuido mas que un principito a su rosa amada.
No podría tener una estrella de las tuyas, pues la que tengo le ha robado a mis ojos la belleza de tu cielo nocturno, de manera que en ella se resumen siempre todas las estrellas de la noche. Con una más, sería como robarte, expropiarte de la noche y dejarte prácticamente, sin nada.
Quisiera esa estrella que me ofreces, para dársela a mi estrellita, pero no soy capaz de cargar con semejante responsabilidad.
Y una lágrima brotó de mis mejillas como gota de mi felicidad.
Y el cielo al verme se conmovió y soltó también una lágrima, que se convirtió en estrella naturalmente.
Es aquella estrella, la estrella que escogí mas tarde, sin decirle nada al cielo, y esa lagrimilla es el ojo de fuego que cuida por las noches a mi estrella terrenal.
Y todas las noches la veo, le escribo, le canto e intento despertar...
Luego no lo miraba, él me miraba.
Me dijo que escogiera una estrella, cualquiera.
Eran muchas, y todas de él. Me dijo que la que escogiera sería mía totalmente.
Eran tantas las estrellas que colgaban en el cielo aquella noche, que resultaba difícil diferenciar una de otra.
Mentirosas, pequeñas, pero inmensas, y todas tan juntas formaban un conjunto infinito y radiante que incendiaba mis ojos y a su vez los refrescaba. Altas dosis de belleza etérea.
El cielo se impacientaba mientras yo volvía a levantar la cabeza y a escudriñar su manto de luz y oscuridad.
Le pedí perdón y dije que no escogería ninguna estrella.
El cielo se quedó estupefacto ante tal respuesta.
Se dio por ofendido ante dicho desprecio y me dijo que solo justificara el por qué de mi decisión.
Le dije así: tus estrellas luminosas son como ojos de mujer amada, que miran hacia la tierra con pasión y ternura.
Las nubes de la noche como estelas, llenan de misterio y tranquilidad la segunda mitad de un día, que, comenzando con una mañana, de alto sol y nubes blancas quedó suavemente en el olvido.
La luna, vestida con las ropas de luces del soberbio astro de la mañana, no tiene nada que envidiarle y corona al cielo de la noche con tal esplendor que no se podría dormir por las noches si a ver el cielo nos dedicásemos por cosa de unos minutos.
Con estas palabras me dirigí al cielo en aquella ocasión. Pero mientras más yo hablaba hacía crecer más su incertidumbre.
Tengo aqui en la tierra una estrella ya, le dije. No sé si fue tuya alguna vez, no sé si fue robada, no sé si esta estrella fue enviada a la tierra por acaparar(en su clara inocencia) toda la belleza del plano astral con su presencia sublime.
No sé si soy digno de ella, pero la cuido mas que un principito a su rosa amada.
No podría tener una estrella de las tuyas, pues la que tengo le ha robado a mis ojos la belleza de tu cielo nocturno, de manera que en ella se resumen siempre todas las estrellas de la noche. Con una más, sería como robarte, expropiarte de la noche y dejarte prácticamente, sin nada.
Quisiera esa estrella que me ofreces, para dársela a mi estrellita, pero no soy capaz de cargar con semejante responsabilidad.
Y una lágrima brotó de mis mejillas como gota de mi felicidad.
Y el cielo al verme se conmovió y soltó también una lágrima, que se convirtió en estrella naturalmente.
Es aquella estrella, la estrella que escogí mas tarde, sin decirle nada al cielo, y esa lagrimilla es el ojo de fuego que cuida por las noches a mi estrella terrenal.
Y todas las noches la veo, le escribo, le canto e intento despertar...