sábado, 5 de marzo de 2011

Succión de la sandía


He observado como algunos niños poseen una extraña habilidad al devorar  una tajada de sandía. En lugar de atacarla a mordiscos con placer, para gozar su sublime y dulce sabor que, en ocasiones, es capaz de acabar con el hambre y la sed al mismo tiempo, estos chiquillos simplemente colocan su boca en la parte comestible y realizan una  especie de absorción cuidadosa y a la vez masiva, la cual, poco a poco va despojando a la misma de su alegre rojo fresco que combina tan bien con el verde claro de la parte no comestible. La desvisten hasta dejarla con una especie de palidez blancuzca semitransparente. De manera que la rebanada, antes verde y roja, con todo y sus molestas semillitas (que hay que estar escupiendo o removiendo con los dedos para no ahogarse) ahora se ha vuelto un espécimen sin alma, muerto, ya poco o nada comestible. Y he descubierto que solo los niños son capaces de hacer esto, jamás se ha visto a un adulto hacer algo similar. Lo he intentado muchas veces pero no le encuentro el secreto todavía. Lo único que consigo es absorber un poco del rojo hasta que empieza a  dolerme la cabeza y comienzo a toser bruscamente, estropeando mi camisa y generando comentarios como “denle un babero al muchacho”. Dice una amiga mía que el truco está en besar a la sandía para así robarle su “amor natural de sandía”. Ella asegura tener el “don”,  sin embargo jamás me lo ha mostrado. Pienso que de niño alguna vez lo tuve también y  ahora lo he perdido para siempre, todo. Quizás alguien me lo robó, o lo absorbieron de manera repentina hasta dejarme pálido y seco, como a esa sandía amarga y transparente, como el cristal, así he terminado.