viernes, 25 de marzo de 2011

Búsqueda

Termina otra vez. Dos situaciones, una es favorable. Siendo estrictos, ninguna. Despierto y mi almohada empapada por la saliva de un beso mustio, y en mi cama cálida, solitaria y vacía podría ser de día, pero lo que llueve es noche. Un cigarrillo encontrará un dibujo al final de su cabeza luminosa. Irregular y bello es ese garabato, sin embargo no me atrevo a ponerle su nombre: "el amor". No puedo seguir respirando mis sueños sin antes contarme un cuento para antes de dormir, pero pienso ¡ay!, qué podría contarme si todo terminaría en un arrastrar de lágrimas secas mezcladas con saliva. Y las cuerdas de la angustia son acariciadas por mis propios dedos. Ya la música no me produce cura alguna, el canto más triste sonaría a muerte y el más alegre moriría con él. Una taza de café, ya un poco tibio, sin azúcar (como jamás lo tomo), pretenderá apartar las meditaciones para convertirlas en algodones, en flores, en paz. Nada, subió el humo y se enredó con el dibujo hecho con el cigarrillo para convertirse en recuerdos. El sudor de la camiseta pegada a mi cuerpo es mi único abrazo. El fondo de polvo en la taza ya no me sirve, y no tengo nada. Miro mis libros, y el tablero de ajedrez, y de qué me sirve jugar otra partida imaginaria... de nada, o talvez si me sirve.

sábado, 5 de marzo de 2011

Succión de la sandía


He observado como algunos niños poseen una extraña habilidad al devorar  una tajada de sandía. En lugar de atacarla a mordiscos con placer, para gozar su sublime y dulce sabor que, en ocasiones, es capaz de acabar con el hambre y la sed al mismo tiempo, estos chiquillos simplemente colocan su boca en la parte comestible y realizan una  especie de absorción cuidadosa y a la vez masiva, la cual, poco a poco va despojando a la misma de su alegre rojo fresco que combina tan bien con el verde claro de la parte no comestible. La desvisten hasta dejarla con una especie de palidez blancuzca semitransparente. De manera que la rebanada, antes verde y roja, con todo y sus molestas semillitas (que hay que estar escupiendo o removiendo con los dedos para no ahogarse) ahora se ha vuelto un espécimen sin alma, muerto, ya poco o nada comestible. Y he descubierto que solo los niños son capaces de hacer esto, jamás se ha visto a un adulto hacer algo similar. Lo he intentado muchas veces pero no le encuentro el secreto todavía. Lo único que consigo es absorber un poco del rojo hasta que empieza a  dolerme la cabeza y comienzo a toser bruscamente, estropeando mi camisa y generando comentarios como “denle un babero al muchacho”. Dice una amiga mía que el truco está en besar a la sandía para así robarle su “amor natural de sandía”. Ella asegura tener el “don”,  sin embargo jamás me lo ha mostrado. Pienso que de niño alguna vez lo tuve también y  ahora lo he perdido para siempre, todo. Quizás alguien me lo robó, o lo absorbieron de manera repentina hasta dejarme pálido y seco, como a esa sandía amarga y transparente, como el cristal, así he terminado.