Me dejo caer,
mi boca sedienta navega lento
sobre el descenso de tu cuello,
frágil meandro interminable.
El goce de esa trayectoria
descubre los caminos de mi suerte,
que apuntan a ti,
soplan los vientos tu dirección.
Luceros míticos y legendarios
me entregan la historia cósmica
cuya conclusión inequívoca e inexorable
es siempre la gloria de tus ojos,
de modo que tu mirada, vanidad sublime,
concentra el fuego de los dioses,
el fulgor brillante de todos los amaneceres,
y mi ventura prodigiosa es la fulminación constante,
no hay defensa,
de mi corazón,
un fuego simple que más que amarte y reducirse
a las cenizas de tu ardor, siempre,
no hace más.
Al final del descenso la victoria del tuyo,
de tu fruto triunfal,
lo encuentra en el himno de latidos y besos
con que mi cabeza es recibida en tu pecho.
Y se acepta mi solicitud con fervor,
una solicitud silenciosa que significa
la aceptación de mi alma solitaria
en el refugio hermoso de tu cuerpo.