sábado, 31 de julio de 2010

Teoria de la manzana

Resulta que iba un día atravesando el pasillo que comunica al patio de mi casa y al pasar junto a un espejo me detuve a verme como mordía esa manzana que había tomado de la despensa para degustar durante mis reflexiones de media tarde. Mecánicamente mordía la manzana pero en ese instante advertí que aquella manzana bien pudo haberla comido uno de esos tipos que se levantan a las seis de la mañana para ir a trabajar y que llevan un portafolios con ellos al caminar. Seguí caminando. Atravesé la puerta que daba al patio y me senté en mi silla como lo hacía habitualmente. La manzana latía después de cada mordisco era para mí como un corazón que transmitía amor, que bajaba desde mi boca, por la garganta hasta llegar al pecho (no al estómago como todo mundo cree). Para un tipo con portafolios aquel corazón frutal no hubiera dejado de ser una roja manzana. Una fruta más, devorada en cuestión de quince minutos. Yo mordía lentamente el corazón que sostenía en mi mano, jugaba con él. Lo levantaba semejando a un sacrificador azteca que acaba de extraerlo del pecho del enemigo para la ceremonia ritual. A cada mordisco se consumía el corazón, y al llegar al núcleo hice un triste descubrimiento… Esa manzana, alabada por los poetas y que en esta ocasión era más un corazón que una manzana se hallaba hueca en su interior, es decir, era un corazón sin centro, sin corazón, sin amor. Fruncí el ceño y arrojé con furor lo que restaba del hueso de la manzana. Inmediatamente un conejo salió al encuentro de aquellos restos a devorar lo que restaba de mi poema. Tristemente pensé que para aquel conejo, lo que había sido un corazón de amor y de desamor para mí, no dejaría de ser una simple manzana. Me levanté de mi silla y regresé por el mismo camino. Iba con la mente en blanco. No pude concluir nada. Solo que aquel conejo hambriento llevaba en su cabeza casi los mismos pensamientos que un hombre con portafolios… Triste conclusión.

miércoles, 21 de julio de 2010

La noche

Me encontraba mirando al cielo fijamente. Lo miraba muy de cerca, tanto que me devolvió la mirada.
Luego no lo miraba, él me miraba.
Me dijo que escogiera una estrella, cualquiera.
Eran muchas, y todas de él. Me dijo que la que escogiera sería mía totalmente.
Eran tantas las estrellas que colgaban en el cielo aquella noche, que resultaba difícil diferenciar una de otra.
Mentirosas, pequeñas, pero inmensas, y todas tan juntas formaban un conjunto infinito y radiante que incendiaba mis ojos y a su vez los refrescaba. Altas dosis de belleza etérea.
El cielo se impacientaba mientras yo volvía a levantar la cabeza y a escudriñar su manto de luz y oscuridad.
Le pedí perdón y dije que no escogería ninguna estrella.
El cielo se quedó estupefacto ante tal respuesta.
Se dio por ofendido ante dicho desprecio y me dijo que solo justificara el por qué de mi decisión.
Le dije así: tus estrellas luminosas son como ojos de mujer amada, que miran hacia la tierra con pasión y ternura.
Las nubes de la noche como estelas, llenan de misterio y tranquilidad la segunda mitad de un día, que, comenzando con una mañana, de alto sol y nubes blancas quedó suavemente en el olvido.
La luna, vestida con las ropas de luces del soberbio astro de la mañana, no tiene nada que envidiarle y corona al cielo de la noche con tal esplendor que  no se podría dormir por las noches si a ver el cielo nos dedicásemos por cosa de unos minutos.
Con estas palabras me dirigí al cielo en aquella ocasión. Pero mientras más yo hablaba hacía crecer más su incertidumbre.
Tengo aqui en la tierra una estrella ya, le dije. No sé si fue tuya alguna vez, no sé si fue robada, no sé si esta estrella fue enviada a la tierra por acaparar(en su clara inocencia)  toda la belleza del plano astral con su presencia sublime.
No sé si soy digno de ella, pero la cuido mas que un principito a su rosa amada.
No podría tener una estrella de las tuyas, pues la que tengo le ha robado a mis ojos la belleza de tu cielo nocturno, de manera que en ella se resumen siempre todas las estrellas de la noche. Con una más, sería como robarte, expropiarte de la noche y dejarte prácticamente, sin nada. 
Quisiera esa estrella que me ofreces, para dársela a mi estrellita, pero no soy capaz de cargar con semejante responsabilidad.
Y una lágrima brotó de mis mejillas como gota de mi felicidad.
Y el cielo al verme se conmovió y soltó también una lágrima, que se convirtió en estrella naturalmente.
Es aquella estrella, la estrella que escogí mas tarde, sin decirle nada al cielo, y esa lagrimilla es el ojo de fuego que cuida por las noches a mi estrella terrenal.
Y todas las noches la veo, le escribo, le canto e intento despertar... 

jueves, 8 de julio de 2010

El ladrón

El ladrón

Sentado en la mesa del comedor y sosteniéndose la cabeza con las manos jugaba con un reloj de pulsera. De repente, tuvo la impresión de ver llorar a la rosa que ocupaba el centro de la mesa; la misma rosa que antes había robado una sonrisa del rostro de mamá, y ahora, cabizbaja, dejaba caer un pétalo, una lágrima. Casi con ella, lloraba también él...
El abogado lo conoció en uno de tantos procesos exitosos, de esos que le distinguían en los círculos sociales en los que se manejaba. El ladrón era un hombre de estatura alta, piel blanca, ojos y cabello claros, no tenía el clásico aspecto físico que define a un delincuente. En aquella ocasión su carácter era el de una persona tímida y ligeramente reservada.
Como era natural, no solía establecer relaciones de ningún tipo con sus clientes tras finalizar los procesos, por más grandes que fueran los agradecimientos y la insistencia de parte de estos. Quizás para mantener el nivel de profesionalismo adecuado. Sin embargo sintió extraño que este sujeto no mostrara el más mínimo aprecio de gratitud hacia él, aun cuando ambos sabían que lo había librado de pagar un grave delito como lo era el robo y del cual era culpable ante la justicia. Esa justicia que permite en ciertas ocasiones que la balanza se incline un poco.
Eventualmente para el abogado hubieron otros casos. Hubieron días que se parecían mucho entre sí, días que caían al abismo del olvido empujados por la cotidianidad de una vida en la que todo era trabajo y nada más. Casi nunca se tomaban descansos o vacaciones, y cuando estas aparecían se las pasaba pensando en el trabajo que habría de venir y las tareas que se podían adelantar. Era una persona sumamente diligente.
De vez en cuando algún fin de semana iba a un café a desayunar para despejar un poco la mente. Eran estas las únicas ocasiones en las que involuntariamente salía de aquella pesada rutina. Y fue una de estas salidas la que lo juntó nuevamente con aquel tipo cuya profesión era el robo y que en determinada ocasión olvidó agradecer el asiduo esfuerzo de un notable abogado.
El ladrón cruzó la puerta, pidió una bebida y se sentó con él sin mayor muestra de sorpresa o alegría de verlo nuevamente. Lo saludó y comenzaron a conversar como si el hombre hubiese sido citado con anticipación. Era la primera vez que tenían una plática que no tenía algo que ver con el proceso judicial, sin interrogatorios ni tensión. Una plática ordinaria y nada más. Hablaron de las cosas que suele hablarse cuando se conoce a una nueva persona. Hablaron por un largo espacio cuando repentinamente, el ladrón interrumpió la conversación, sacó de su bolsillo un soberbio reloj de pulsera de oro y se lo extendió al abogado. Le pidió lo aceptara como muestra de agradecimiento atrasada, añadiendo que en cierta ocasión ese reloj lo había llevado un tipo alto que portaba una maleta en la mano derecha y en su rostro el aspecto de ser una persona muy diligente en lo que hacía. Me recordó mucho a usted, un hombre sacrificado por su profesión. Sin embargo al ver el reloj advertí que luciría mucho mejor en su mano que en la de él. Saqué mis herramientas de trabajo (una navaja sencilla pero amenazante) y fue cosa de cinco minutos hacer me lo entregara sin mayor escándalo. Me dejé intimidar por su estatura al inicio, pero al final cedió como un corderito, quietecito y sumiso ante el miedo a perder lo que todo el dinero no le podría comprar: su lastimosa y estresante vida...
El abogado que era una persona noble y honrada como él mismo se consideraba dijo que no podía aceptar tal obsequio debido a su procedencia y argumentó que no podría llevarlo puesto, pues si se daba la casualidad de que se cruzara algún día con el propietario, se moriría de vergüenza ante él e indudablemente lo devolvería al dueño. Esto era lo justo. El ladrón insistió. Finalmente el abogado lo tomó diciendo que no volvería a aceptar regalos robados en el futuro. Después de esto el abogado y el ladrón hicieron amistad y se reunían ocasionalmente en aquel café a conversar los fines de semana.
El abogado no tenía muchos amigos debido a lo incesante que podía ser su trabajo, y al poco tiempo que le quedaba para las cuestiones sociales. Las mañanas de domingo representaban mucha ansiedad a lo largo de la semana. Le hablaba al ladrón de sus casos, de lo tortuoso y fatigante que podía ser pasar semanas sin progresar nada. El ladrón le relataba sus hazañas sin pudor alguno. Tenían confianza mutua y al ladrón no le resultaba nada difícil confesar sus crímenes.
Mis tres compañeros y yo teníamos un plan que habíamos hecho cuidadosamente. Visitábamos primero al dueño del auto sencillo. ¨Que la policía no se entere de esto en las próximas cuarenta y ocho horas y su carro aparecerá abandonado en un estacionamiento de supermercado tal y como nos lo hemos llevado. Después de eso puede poner todas las denuncias que le vengan en gana. Si pasara lo contrario dé por hecho que alguien vendrá a ‘buscarlo’... ¨. Seguidamente tomábamos prestado el automóvil, localizábamos nuestro objetivo (un auto tres veces más costoso que el primero), metíamos a la fuerza al niño rico, le vendábamos los ojos y dos de mis compañeros se lo llevaban en el primer auto a un departamento muy apartado después de largas horas de viaje. Vendíamos en la frontera el auto costoso y al chiquillo lo soltaban, así vendado y sin dinero alguno, en algún lugar abandonado. Luego de eso regresábamos el auto prestado tal como lo habíamos indicado, repartíamos las ganancias y así sobrevivíamos hasta la próxima semana...
El abogado no podía dejar de escandalizarse un poco al escucharlo. Le tenía confianza y eran buenos amigos, pero siendo abogado le era difícil aceptar la forma de vida del ladrón. Se preocupaba porque tenía la certeza de que lo atraparían algún día y no podía hacer nada sino aconsejarlo. Le pidió en muchas ocasiones abandonar la vida de delincuente. Prometió encontrarle un trabajo decente si así lo consentía. Pero el ladrón se negó siempre.
Desde el punto de vista del ladrón, una cosa como la justicia no existía. Todos somos ladrones alguna vez y no dejamos de serlo. Robamos miradas y sonrisas de las personas que amamos, robamos la atención de los demás vanidosamente, robamos la paz al que perturbamos cuando estamos molestos, robamos a alguien las ganas de vivir. Cómo saber qué es nuestro y qué nos pertenece. Los papás roban a sus hijos sus sueños y sus deseos. Los políticos y los altos funcionarios se dan a la tarea de manipular y agobiar las vidas de millones de ciudadanos a quienes ni siquiera conocen. Me han robado mi país y la tierra que estoy pisando. Cómo sé que no me han robado lo que es mío. Tu trabajo te roba a ti mismo tu vida. Ladrones hay por todos lados, y algunos son peores que otros. Disfrazados, se han robado la justicia misma, la que los haría caer. He oído ladrón que roba al ladrón, etc. y siempre me he preguntado cuál de los dos soy yo y cuál de ellos... son ellos...
Un día de esos en los que el trabajo es interminable y hay que cerrar la puerta y pedir que no se le moleste. Con una taza de café en la mesa y cerrando los ojos, hacía un ejercicio de respiración para que el estrés no acabara por acabar con él. Sonó el teléfono y estuvo a punto de maldecir a la secretaria hasta que esta pronunció el nombre del ladrón...
Cuatro ladrones entran a robar una joyería de un centro comercial. Disparan contra el vigilante del establecimiento. Uno de ellos se queda en la puerta como vigía. Los otros tres prosiguen el robo. Amenazan al joyero y comienzan a llenar sus bolsos con todo lo que pueda ser. Lo acalorado del momento no les permite advertir la presencia del otro vigilante (propio del centro comercial), el cual, tras observar lo ocurrido, no actúa por sí mismo y procede a buscar refuerzos. Reunidos un total de doce guardias de seguridad se lanzan a corro contra la joyería, lo mismo que valientes guerreros decididos a morir en batalla. Suenan unas breves pero mortales balas. No pasan tres minutos para notar que cinco hombres yacen sobre el piso de la joyería (uno es el vigilante muerto). Frente a la puerta, uno de ellos, parece que aun vive pero está seriamente herido. Boca arriba sobre un charco de sangre. Se queja mucho, todo indica que no se puede mover. La poco agraciada bala hizo polvo una de las vértebras de la espalda, y casi se lleva de paso otras dos. No puede caminar. Usará silla de ruedas, pues la parálisis de la cadera hacia abajo no tiene remedio...
Así mitad vivo y mitad muerto tiene que ir a juicio. Ha pagado solo la mitad de la deuda. El resto se paga detrás de los barrotes. Un abogado notable y de renombre acepta increíblemente a este desgraciado al que nadie quiso defender. Valiéndose de falta de pruebas y el típico ''iba pasando, nada más'' se consigue una absolución completa (ante la ley) y una prórroga de la condena (ante la vida). El abogado se molestó con él. Lo reprendió mucho pero al final, le dio un abrazo y lo perdonó.
El ladrón no podía aceptar su situación. La muerte no se veía tan mal desde donde se encontraba. Perdió la movilidad en la mitad de su cuerpo, y una mitad muy importante (en especial para un hombre de treinta años). Sin un empleo, ni familia, ni un techo donde dormir no tenía nada y había perdido todo. No más robos... El bueno y amable abogado habló con una vieja amiga suya, una tendera viuda a quien él había ayudado a reclamar la herencia que su esposo le había dejado y que, al igual que el ladrón (casualmente) había hecho amistad con él. La tendera aceptó con mucho gusto ocuparse del pobre joven. Ofreció alimentación, ropa y todo lo que pudiera necesitar.
El ladrón no se acostumbraba a la vida sentado en una silla y sin nada qué hacer. Se aburría mucho con la viuda y se deprimía más con el paso de los días. Había momentos en los que la decadencia y la depresión alcanzaban su máximo nivel.
Quién sabe cómo, hizo contacto con un viejo conocido que lo empezó a visitar ocasionalmente en la casa de la viuda. La viuda hablaba mucho con él, le atendía bien y lo quiso como a su propio hijo.
Qué simpático este joven que me han encomendado, el pobre se siente tan triste a veces. No se me ocurre como hacerlo sentir mejor. Su amigo que viene a visitarlo no me agrada para nada. Parece delincuente pero, quién soy yo para juzgarlo, los jóvenes de hoy son extraños.
Las visitas de su compañero se volvieron más frecuentes y la viuda no se explicaba la desaparición de algunos adornos de la casa, joyería y hasta dinero. No quería creer que su huésped le robaba pues él no necesitaba dinero. Ella le procuraba todo.
La llamada del hospital cayó en un momento sumamente inoportuno. Le comunicaban que un hombre de cerca de treinta años con parálisis de la cadera hacia abajo había sido hallado muerto en el interior de una vieja tienda. Todo lo que llevaba antes de morir era un pantalón, un reloj de oro y una tarjeta con el número telefónico del abogado.
Ya no podía más, el ladrón le había robado su mundo, su trabajo y su vida, la cual por mas agotadora que fuera, era suya. No conocía a ninguno de los singulares amigos del ladrón, tampoco a los familiares lejanos. Preguntaron si quería el cuerpo para velarlo y enterrarlo. Era la única persona que tenían para contactar. Si nadie más reclamaba el cuerpo, habría que ponerlo en una fosa común...
No se toman decisiones en momentos así, es lo que pensó el abogado tras de semanas de masticar y reflexionar lo que había hecho con el cuerpo de la única persona que había sacado su vida de un circulo incesante de cotidianidad y absurdo. De una persona que además había confiado plenamente en él a pesar de su profesión. Pensaba en estas cosas mientras jugaba con el reloj que le habían enviado del hospital...
Los vecinos habían puesto la denuncia. La causa de la muerte pareció ser una sobredosis de heroína. Lo extraño de todo aquello es que la dueña de la casa en la que encontraron a aquel hombre había desaparecido de la faz de la tierra y nadie sabía nada de su paradero. Los vecinos comentaron sobre un hombre con aspecto de delincuente que visitaba ocasionalmente la tienda, se cree que era este sujeto quién le procuraba la droga. De este tampoco se sabe nada, no se le ha vuelto a ver…