Lo que me enfada no es la impuntualidad de mi hermano al
venir a recogerme (le repetí hartas veces que saldría a las 5:30pm y ha
aparecido relajadamente faltando quince para las siete). No, lo que en verdad
me molesta es que se haya tomado con vasta libertad el automóvil de papá y que
vayamos conduciendo de regreso a casa como si nada. El crío tiene dieciocho
años, apenas ha alcanzado el burdo triunfo del documento de identificación personal
nacional y todavía le falta algún tiempo para la licencia de conducir, sépase
que en mi familia así es la tradición. Dedico un poco los ojos al atisbo cauteloso
del movimiento de las trémulas calles que avanzan sobre el parabrisas y con el
cerebro y la lengua no termino de imprecar a mi hermano. En algún momento habré
de decirle que se detenga y me ceda el manejo del coche, tengo toda la
autoridad y él lo sabe. Solo hay que esperar, que encontremos el lugar adecuado
para estacionar. Entre insultos descubro que el tráfico, para nuestra buena
ventura, es fluido, y elimino en el instante una probabilidad de peligro
bastante elevada, (efímero alivio, pensaré más adelante). Aún no puedo creer que sea yo el que permita
semejante absurdo, un hermano mayor jamás debe dejar conducir al menor (regla); no en este
plano, qué vergüenza. Mi hermano es bajo de estatura y noto que le cuesta mirar por
encima del volante. El camino a casa no es largo, pronto llegaremos; no
obstante ya es seguro que mi hermano no completará el viaje, de alguna manera
envidiosa me comprometo a no facilitar tal placer. Solo un tramo más y lo
detendré, ya está acordado. Súbitamente aparece un declive imprevisto, una
cuesta que hasta a mí me resultó siempre difícil subir. Torpemente, mi hermano
ha desviado la vista del frente, no puedo menos que gritarle advirtiendo la
colisión ineludible a la que nos llevará si no pone atención a lo que está
haciendo. Afligido, retorna la cabeza a su posición original y yo halo
bruscamente el timón en un esfuerzo por controlar un poco aquella situación, mi
hermano se ha puesto colorado y unas gotas de sudor rezuman el pánico que lo
invade en aquel momento crucial; yo también tengo miedo, lo admito. El
coche que viene deslizándose ferozmente mientras desafía los límites de la fricción
no es nada menos que el de un compañero mío de la universidad, y eso no hace
menos incómoda aquella situación. Cómo no me reprochara Juárez que haya
permitido toda aquella locura, qué acusaciones de irresponsabilidad no faltarán para
mí cuando todo esto pase. No es poco: sumar a la desgracia del accidente el
volverme el nuevo objeto de burlas en la universidad. He perdido toda noción
espacio temporal en ese momento, he olvidado a mi hermano y mi brazo no ha
soltado el timón, nos dirigimos al costado de la calle, casi al mismo lugar al
que fue a detenerse el carro de Juárez, mi hermano me ha gritado esta vez a mí
(creo). De golpe ya hemos parado, no hay daños físicos visibles,
mi hermano balbucea un no sé qué de esperarlo en el carro y me parece que
decide salir a ver qué ha pasado con los del coche de Juárez. Al bajarme advierto un nuevo error que me culpo tanto por no predecir: mi hermano ha olvidado
accionar el freno de mano, corro a la puerta del conductor (que
además dejó abierta) para deshacer aquel penoso fallo. Mientras me subo de nuevo al
carro, ya sabiendo que la tragedia no puede ser peor, escucho a una señora
corriendo cuesta arriba advirtiendo a gritos de un pandillero (o terrorista, no
recuerdo bien) que se ha sumado a un caos de nuevos vehículos en llamas
derivados del accidente que causamos. Decido ignorarla y terminar la tarea que
me propuse sobre el freno pues el auto ya comenzaba a retroceder
malintencionadamente. Dejando la puerta abierta me inclino sobre el asiento y
tiro del freno con todas las fuerzas ganadas, producto de la adrenalina. En
este momento la historia se vuelve fatal. Así inclinado todavía, con una parte
del cuerpo dentro del auto y los pies en la calle (en una previsión por
intentar detener el coche si el freno se negaba) alcanzo a vislumbrar a través
del parabrisas que el sujeto del que advertía la señora ha lanzado alguna
granada o dispositivo detonante que ha alarmado totalmente a una multitud
aterrada en el lugar, a una multitud que hace un rato no estaba, todo ha
cambiado horriblemente y de repente algo no cuadra, como toda aquella serie de eventos
insospechados. Me pregunto ¿cómo llegué hasta aquí?. Solo en una pesadilla puede
conjugarse tanta mala suerte, pero no es momento de razonar. Lo que sigue es
una serie de recuerdos que terminarían de figurar la desgracia: recuerdo la
rareza del sujeto al caminar, las luces centelleantes de la explosión, mis ojos
con el terror impreso absolutamente en el reflejo del espejo del automóvil, mi
cuerpo paralizado, el revólver que llevaba aquel tipo, mi preocupación fugaz
por mi hermanito que no volvió, el disparo.