domingo, 3 de febrero de 2013

Sueño Nº 1



Lo que me enfada no es la impuntualidad de mi hermano al venir a recogerme (le repetí hartas veces que saldría a las 5:30pm y ha aparecido relajadamente faltando quince para las siete). No, lo que en verdad me molesta es que se haya tomado con vasta libertad el automóvil de papá y que vayamos conduciendo de regreso a casa como si nada. El crío tiene dieciocho años, apenas ha alcanzado el burdo triunfo del documento de identificación personal nacional y todavía le falta algún tiempo para la licencia de conducir, sépase que en mi familia así es la tradición. Dedico un poco los ojos al atisbo cauteloso del movimiento de las trémulas calles que avanzan sobre el parabrisas y con el cerebro y la lengua no termino de imprecar a mi hermano. En algún momento habré de decirle que se detenga y me ceda el manejo del coche, tengo toda la autoridad y él lo sabe. Solo hay que esperar, que encontremos el lugar adecuado para estacionar. Entre insultos descubro que el tráfico, para nuestra buena ventura, es fluido, y elimino en el instante una probabilidad de peligro bastante elevada, (efímero alivio, pensaré más adelante).  Aún no puedo creer que sea yo el que permita semejante absurdo, un hermano mayor jamás debe dejar conducir al menor (regla); no en este plano, qué vergüenza. Mi hermano es bajo de estatura y noto que le cuesta mirar por encima del volante. El camino a casa no es largo, pronto llegaremos; no obstante ya es seguro que mi hermano no completará el viaje, de alguna manera envidiosa me comprometo a no facilitar tal placer. Solo un tramo más y lo detendré, ya está acordado. Súbitamente aparece un declive imprevisto, una cuesta que hasta a mí me resultó siempre difícil subir. Torpemente, mi hermano ha desviado la vista del frente, no puedo menos que gritarle advirtiendo la colisión ineludible a la que nos llevará si no pone atención a lo que está haciendo. Afligido, retorna la cabeza a su posición original y yo halo bruscamente el timón en un esfuerzo por controlar un poco aquella situación, mi hermano se ha puesto colorado y unas gotas de sudor rezuman el pánico que lo invade en aquel momento crucial; yo también tengo miedo, lo admito. El coche que viene deslizándose ferozmente mientras desafía los límites de la fricción no es nada menos que el de un compañero mío de la universidad, y eso no hace menos incómoda aquella situación. Cómo no me reprochara Juárez que haya permitido toda aquella locura, qué acusaciones de irresponsabilidad no faltarán para mí cuando todo esto pase. No es poco: sumar a la desgracia del accidente el volverme el nuevo objeto de burlas en la universidad. He perdido toda noción espacio temporal en ese momento, he olvidado a mi hermano y mi brazo no ha soltado el timón, nos dirigimos al costado de la calle, casi al mismo lugar al que fue a detenerse el carro de Juárez, mi hermano me ha gritado esta vez a mí (creo). De golpe ya hemos parado, no hay daños físicos visibles, mi hermano balbucea un no sé qué de esperarlo en el carro y me parece que decide salir a ver qué ha pasado con los del coche de Juárez. Al bajarme advierto un nuevo error que me culpo tanto por no predecir: mi hermano ha olvidado accionar el freno de mano, corro a la puerta del conductor (que además dejó abierta) para deshacer aquel penoso fallo. Mientras me subo de nuevo al carro, ya sabiendo que la tragedia no puede ser peor, escucho a una señora corriendo cuesta arriba advirtiendo a gritos de un pandillero (o terrorista, no recuerdo bien) que se ha sumado a un caos de nuevos vehículos en llamas derivados del accidente que causamos. Decido ignorarla y terminar la tarea que me propuse sobre el freno pues el auto ya comenzaba a retroceder malintencionadamente. Dejando la puerta abierta me inclino sobre el asiento y tiro del freno con todas las fuerzas ganadas, producto de la adrenalina. En este momento la historia se vuelve fatal. Así inclinado todavía, con una parte del cuerpo dentro del auto y los pies en la calle (en una previsión por intentar detener el coche si el freno se negaba) alcanzo a vislumbrar a través del parabrisas que el sujeto del que advertía la señora ha lanzado alguna granada o dispositivo detonante que ha alarmado totalmente a una multitud aterrada en el lugar, a una multitud que hace un rato no estaba, todo ha cambiado horriblemente y de repente algo no cuadra, como toda aquella serie de eventos insospechados. Me pregunto ¿cómo llegué hasta aquí?. Solo en una pesadilla puede conjugarse tanta mala suerte, pero no es momento de razonar. Lo que sigue es una serie de recuerdos que terminarían de figurar la desgracia: recuerdo la rareza del sujeto al caminar, las luces centelleantes de la explosión, mis ojos con el terror impreso absolutamente en el reflejo del espejo del automóvil, mi cuerpo paralizado, el revólver que llevaba aquel tipo, mi preocupación fugaz por mi hermanito que no volvió, el disparo.